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Editado Oct 16, 2015

Un reconocimiento de justicia

Un reconocimiento de justicia

Cuando se celebran unas elecciones y se constituyen los equipos de gobierno resultantes de las mismas, es tradicional esperar cien días para juzgar, por quien en tal cosa tiene interés u obligación, la labor que se está desarrollando, el modo de abordar aquello a lo que previamente se comprometió quien gobierna; se puede ya realizar una evaluación pues se supone que en esos cien días, en ese periodo de tiempo tan limitado, se puede desarrollar una labor perceptible y evaluable.

Siempre he creído que eso no es así, que cien días no es un tiempo suficiente para ejercer una labor reconocible, con resultados prácticos, más allá de golpes de efecto, de medidas altamente llamativas, que casi nunca llegan a consolidar una actuación perdurable, pues suelen provenir de promesas no suficientemente contrastadas.

Sin embargo, cien días si me parece un tiempo razonable para opinar sosegadamente, para recordar lo ocurrido y su significado. Y yo, pasados ya más de cien días, bastantes más, lejos de la pasión de la campaña, desde mi personal, y ya fría, forma de ver las cosas, me atrevo a compartir con ustedes estas líneas sobre las pasadas elecciones municipales y autonómicas, no para hablar de labores de gobierno, de programas o aspiraciones, sino para hacer un reconocimiento público y sincero de sus grandes protagonistas: los alcaldes y concejales elegidos, que de forma generosa, y generalmente altruista, se han hecho cargo de las responsabilidades de gobierno en nuestros municipios.

Este agradecimiento es extensivo, como no podía ser de otra manera, a aquellos que por diversos motivos han dejado ya sus responsabilidades, y gran parte de su vida, en el servicio público. Han estado porque han querido, sí, porque han querido ayudar a su pueblo y a sus vecinos cuando éstos lo han pedido, porque no han mirado para otro lado cuando se han presentado problemas o no se ha seguido, por las dificultades existentes,  el camino que se consideraba mejor.

He tenido la inmensa fortuna de ser compañero de todos ellos, de conocerles personalmente, y puedo asegurar que ni uno solo ha dejado nunca de manifestar interés por su  pueblo, de pedir en el sentido más noble, no para sí sino para todos sus vecinos; de esa disposición han hecho razón de ser durante años, muchas veces de forma incomprendida.

Hoy podría referirme a muchos de ellos, con sus anécdotas y sus particularidades; alcaldes de pueblos grandes o pequeños con muchísimos años de dedicación y no siempre adecuado reconocimiento.                           Reconocimiento que, afortunadamente, está realizando la Diputación Provincial, la provincia al fin y al cabo. Sí, podríamos, hablar de Ricardo, de Pepe, de Luis, de Eusebio, de Manolo, de Basilio,…, pero voy a recordar, en representación de todos, a alguien que acaba de terminar, después de muchos, muchos años, su andadura pública, después de haber entregado lo mejor que ha tenido a su pueblo, a su comunidad, a su provincia.

Educado, serio, como buen segoviano, conciliador, ofreciendo colaboración y agradeciendo acompañamientos, sin una mala cara; es difícil olvidar las reuniones de comunidad en Pedraza o Majalcarro, reuniones de hacer grupo, de integrar y no segregar.

Pero sobre todo, no se puede olvidar el empeño, común a tantos otros, porque su pueblo permanezca, por no ser un recuerdo en un mundo que fija la utilidad en lo grande, en lo aparente, en lo social y políticamente significativo, olvidando que nuestra historia, nuestra vida, es la suma de muchas pequeñas cosas, de muchos sentimientos, de muchas tradiciones; Segovia no sería lo que es si dejase de existir alguno de nuestros pueblos, Segovia es, para muchos entre los que me encuentro, una suma de sentimientos, de aspiraciones, nazcan en el rincón geográfico que nazcan.

Estamos hablando de un pueblo pequeño, El Cubillo; de un alcalde grande, Celedonio.

En todo caso, retomando el comienzo de estas líneas, suele ser moneda común la crítica para quien ocupa responsabilidades municipales, crítica que, en la mayoría de los casos, proviene del más elemental de los desconocimientos: el del cargo. Como tantas veces he escuchado, “todos deberían ser alguna vez de justicia”, porque difícilmente se puede entender el trabajo desarrollado si antes no ha estado uno en situación similar, si uno no ha aprendido a oír las quejas o sugerencias de los vecinos. Conozco alcaldes que son fontaneros, alguaciles, recaderos, etc., es decir, conozco compromiso, generosidad y responsabilidad, mucha responsabilidad.

Por todo lo anterior son estas líneas, por ser, en la modesta opinión de quien esto escribe, de justicia, agradecer el trabajo de todos los días a tantos de nuestros vecinos, a los más comprometidos.

 

 

Javier Santamaría, Senador del PP por Segovia